En los tiempos en los que el cosmos aún era joven y titanes y dioses se batían aún por un sueño, donde el orden y el caos reinaban sobre todas las cosas, nació Menlys, náyade y guardiana del manantial eterno de Selene y sacerdotisa del fuego azul oculto de Artemisa. Se jactaba de ser la más bella de las ninfas, su cabello era del más bello azul de claro de luna y sus ojos brillantes como las estrellas más blancas del firmamento nacidas del brillo de las primeras constelaciones.
Un día mientras serpenteaba por su santuario lunar le pareció ver en la bóveda hueca de su refugio de cristal, una visión sin igual, la figura que era el torso de un titán, allá en la lejanía aparecía vestido con una túnica de lino tan blanca y pura como sus ojos. Prendada del engaño de los dioses y cegada por tal espejismo, ignoraba que aquella túnica no era tela sino la misma Vía Láctea, el infinito río estrellado que cruza el firmamento.
Consumida por el fuego de la locura, la pasión y la esperanza, no atendió a razón alguna. Para lograr su amor, lanzose al vacío estelar, soñando con alcanzarlo para así poderlo abrazar. A medida que se acercaba a su amado, pudo observar como la tela se desvanecia en incontables estrellas lejanas. Perdida en el cosmos, flotando a la deriva, dormida por siempre en la eternidad.
Zeus conmovido por su pasión y valentía la transformó en constelación y la situó en el centro de la Vía Láctea. Los marineros miran al cielo en las noches sin luna y buscan sus ojos blancos entre el polvo de estrellas, recordando a la musa que murió por amor al propio universo.